COSTA SIN MAR: DEPARTAMENTO DE ROPA PARA DAMA
Arder.
Escribirte frases que resbalen como arena en los pies de una niña de once años, que contempla el violento mar.
"Se soltaron porque sostenerse era cazar al cocodrilo que dormía en la sala."
Arder.
Recuerdo a un hombre sentado en un sofá café, con una maleta llena de libros y ropa sucia, que al abrir la puerta me abrazó y dijo "somos los únicos dos que quedan del Turno". Esa noche dormimos abrazados, aunque hacía calor.
Arder.
Le diría a ese hombre: "Todo fue por ti". ¿Qué es todo? La rama de un árbol de jacarandas, los pies hinchados de tanto caminar, Nocilla Dream, la mujer que despierta en un viejo cuarto de hotel y está sola, los hermanos que al nacer fueron separados, los amigos de la cuadra.
Arder.
Sólo un hombre dejó huella en el departamento donde sigo, sin mucho afán, viviendo. Ese hombre hablaba conmigo todas las noches, horas larguísimas, diría él. A veces llorábamos, otras bromeabamos, algunas reñíamos cariñosamente, las muchas, hacíamos el amor a las cuatro de la mañana, cansadísimos y muertos de risa.
Arder.
No perder el tiempo: ser un hombre gris, un escritor gris, un cantante de Sanborns, un beisbolista retirado. Ser una huella que nadie recuerde, un quizá, un pude pero salí huyendo.
Arder.
Ese hombre que recuerdo, cuando en la casa rara vez alguien ríe, ahora no habla conmigo. Invento conversaciones con él. No imites diálogos de París Texas, me diría con una sonrisa estúpida.
En esos diálogos, él y yo hablamos de Teillier. Del verano y el otoño que soñamos con ir de viaje a Tánger.
También hablamos del oficio, que por mala gana nos dio por aprender. Ser un burócrata de la literatura, le diría. Él recordaría la vez que casi acabamos un poemario.
Arder.
Me quemé. Dejé por la literatura a ese hombre. Lo dejé dos veces. Lo primera, para completar una historia que ya había terminado. La segunda fue la más mezquina: sacrificarme para que el orden tomará su curso nuevamente. La segunda fue por la literatura. La definitiva, hermano.
Arder.
Nunca nadie nada.
Juro nunca hablar de los domingos desnudos mirando películas, muertos de miedo y hambre. Juro nunca hablar de las noches larguísimas donde sólo éramos tú y yo debajo de las sábanas golpeando la pared, porque el chiste que habíamos hecho era buenísimo.
Juro nunca hablar de nuestra amistad. De aquella mañana que llegaste a casa porque yo había terminado con mi novio y me abrazaste y preparaste huevo.
Juro nunca hablar de que nos vimos, en la oscuridad nos vimos. Y te escondiste en mi casa y yo me escondí contigo, porque eras mi hermano mayor y creíamos que debajo de la mesa las bombas no nos destrozarían.
Juro nunca hablar de nada.
Arder.
Habitar muchas casas para después bombardearlas.

