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Me levanto y voy al baño. El piso está mojado, dejé la ventana abierta y descubro que llovió en algún momento del día.
Salgo y abro el refrigerador. Me siento en la sala y abro una cerveza. Hojeo un libro de Monzó y enciendo un cigarro. Recuerdo que no he comido nada en veinticuatro horas. No tengo hambre.
Me quedo dormida en el sofá. Repentinamente me despierto y veo que sólo pasaron diez minutos. Me asomo por la ventana y veo los toldos de los coches en la calle. Todos ellos están mojados. Una palabra: saltar. Hace frío afuera, si quisiera hacerlo (saltar), tendría que ponerme el abrigo azul. Una pareja aparece en la calle, la miro con rencor. Decido cerrar las cortinas. Naif (mi planta) agoniza. Saco un jugo de piña del refigerador y lo vierto todo en esa pequeña cosita verde que es Naif.
Regreso a mi habitación, me cargo un suéter verde y me acuesto a dormir otra vez.
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Más que el deseo de esperarte, existen las ganas de salir, rociarte con gasolina y fumar sentada en tus piernas.
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Subo las escaleras para cruzar de anden. Abordo en el primer vagón. Son las once con diez minutos de la noche. Me bajo en Tacubaya y transbordo a la línea café. Llego a Centro Médico y reparo en que estoy agotada. Bajo del tren y salgo de la estación. Camino por avenida Cuauhtémoc. Sé que no puedo visitar a nadie. Sé que el Metro ya no estará abierto cuando decida regresar a casa.
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