1 dic 2009





Murió Milorad Pavic...






(Soñaré con un muerto)

30 nov 2009

DICES QUE MÁS ALLÁ SE VE EL MAR, DETRÁS DE LOS TINACOS




Como el primer suspiro que haces antes de entrar en la regadera.

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El olor lavanda de las sábanas.

Evitar dormir boca arriba por temor de ahogarme.

El sabor frío del café.

Los golpes en el vientre. La juventud que se aleja (porque antes cuando escuchabas una canción podías soñar con las cosas que te llevarían lejos, ahora el punto de partida no existe; has estado en un largo viaje sin souvenires.)

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El cuerpo cambia: crecre o disminuye (se hace torpe e inútil en los elevadores)

El cuerpo eso otro, pero me pertenece...

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No sorpresas
No armas
No alberca de pelotas

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Ver el mar, escupirle, tirar cerveza en el fondo; nadar con ropa.

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Una carretera abandonada (los caballos se fueron por falta de agua)

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Desaparecer.
Prenderle fuero a mi cabello.

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No decir nada: plato, ventana, pájaro, muertos.

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Que todo sea una línea

Una casa sin puertas

Una niña en mitad del patio

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Cuando tenía 16 años me rompieron la nariz en un concierto.

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25 nov 2009

DIAPOSITIVAS DONDE SALIMOS DE ESPALDA Y CON PLAYERA VERDE



Porque quieres hacer un viaje y dejar allí: la casa rota, las paredes con cuadros donde no sales tú, los emblemas de historias donde hombres que habitaban en los árboles nunca bajaron para beber agua o abandonar el hogar.

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Saber que la historia terminó cuando regresaste a casa y encontraste el piso del baño mojado, un rollo de papel sobre la televisión y las ganas de encontrar una nota donde dijera: habitar todas las casas, destruirlas.

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Quizá nadie vuelva a vernos como se observa una pila de explosivos.

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Qué de las noches con el árbol en la ventana.

Qué de ti sumergido en el mar.

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Solíamos entrar en la casa roja y bailar canciones de los Yeah Yeah Yeahs.

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Porque estoy harta de contar tu historia como si narrara el cuento del peor jugador de billar.

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Porque decidiste con otra persona vivir, comer, coger, jugar ring rajá.

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Vivimos como ese costal con hojas de tulipán que arrastra un koala.

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Tendremos otros recuerdos, otras casas sin puertas, otro olores que extrañaremos; otra ruptura.

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Cifro nuestra historia porque contar las cosas como sucedieron, me haría quedar como la imbécil que te pidió que apagaras el calentador para que no explotara y así, cuando regresáramos a casa la vecina no nos reclamara el desorden.

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No soy yo. No soy el otro. No soy el listón azul en la ventana de casa de mis padres.

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Las cosas que cuento son para mí. No hay nadie en ellas: hijos, padres, esposos, marionetas, cáscaras de naranja.

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Necesitaré que limpies la leche que tiraste sobre el sofá.

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Necesitaré que tú cuentes la historia donde un hombre lloraba mientras leía una novela del siglo XIX.

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Para qué de las avenidas a las diez de la noche.

Para qué esto de seguir en el teléfono descifrando el tic tac del reloj que escucho de fondo.

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Haremos el mismo trabajo de nuestros padres y abuelos: dejar que los barcos se vayan a otros países donde nunca viviremos.

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Habitas sólo en los libros que lees. Ellos son tu casa, tu familia.

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Tendré una hija que se llame igual que mi abuela, que juegue con las jacarandas y fume sentada en un banco junto a la estufa.

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Qué de nuestra historia. No queda nada. Sólo el aliento de dos canguros que se estrellan contra los coches en una carretera de Australia.

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